¿Por qué hablar de una derrota de la Universidad?
Me parece que son varías las razones para llamar así a esta experiencia de perdida, de esta forma de ser doblegados en un desafío que tiene que ver con la lucha constante por superarnos a nostros mismos y aceptar los desafíos que nos plantea el mundo en que vivimos, conservando la fidelidad a la propia identidad y los propios valores.
La televisión ha estado ligada a la Universidad Católica por casi la mitad de su vida, si tomamos 1888, año de la fundación, pero en realidad por más de la mitad de su "nueva vida" cuando se superó una crisis que tuvo a esta institución al borde del cierre y, desde 1930 en adelante, se inicia un periodo de crecimiento vigoroso y sostenido. Así desde los inicios de los sesenta hasta hoy, la sociedad chilena se ha relacionado con esta universidad también a través de este medio de comunicación que ha actuado muchas veces como simbolo de la sociedad contemporánea. Es en esa sociedad donde la Universidad Católica tiene sus tareas prioitarias, donde debe prestar su servicio, donde debe escuchar demandas e inquietudes, donde debe entregar su capacidad de imaginación y creación. Es este nuestro horizonte de metas y desafíos. Es Chile, es el inicio de la segunda década del siglo XXI el terreno donde debemos luchar por superarnos y crear, donde debemos ejercitar la imaginación y encontrar respuestas para las demandas de este tiempo y lugar, con el respaldo y fundamento de la historia y la experiencia.
Por esta razón rendirse incondicionalmente ante los resultados de una mala gestión sería una derrota total para parte de la misión de la Universidad Católica frente al país. Esta institución recibio una responsabilidad cuando comenzaba la televisión en Chile y debe honrar el compromiso adquirido entonces. Por otra parte entre las tareas que se impone a sí misma la Universidad Católica se encuentra la de asumir una misión de comunicación y educación, dando testimonio del sello católico. Así la televisión de la Universidad Católica debiese ser esencialmente un medio de educación y cultivo de los valores humanos y desde esa posición se debe insertar en el mundo de las comunicaciones de masas y en la industria de la entretención, sin rendirse ni hacer concesiones a veces indignas. A través de los años la vida de la Universidad y la del Canal 13 comenzaron a separarse, y tambien a tensionarse, debido justamente al cambio de prioridades en la forma de administrar la estación de televisión. Comenzó la triste y peligrosa confusión de medios y fines, olvidandose el fin para el cual la universidad había desarrollado su proyecto televisivo, viviendose al día y con la impresión de que el canal era esencialmente una entidad generadora de recursos.
El abandono de los propositos iniciales, que se da de manera paulatina, vivió un aceleramiento dramático en los últimos años tensionando fuertemente la vida interna de la universidad pues fueron cada vez más numerosos los integrantes de la comunidad académica que sentían verguenza por la imagen que Canal 13 proyectaba al país. Esto se explicaba por qué mas que atender a la misión inicial la dirección de la televisión apuntaba a la competitividad en el mundo de la televisión de entretenimiento y el ámbito de los negocios ligados a este medio masivo.
Fue un momento fatal pues se perdió la confianza mutua y comenzá a cobrar fuerza en la universidad la idea de desprenderse de ese incómodo lastre representado por el canal de televisión que ahora no generaba las entradas de otros tiempos. No sólo eso. Comenzaba a dejar perdidas cada vez mayores y daba pocos motivos de satiusfacción a la universidad.
En toda esta relación, que se hacía cada vez más crítica, fue notable la falta de innovación y creatividad demostrada por quienes condujeron el canal, atentos a las lógicas de la industria de la televisión mundial y guiados por la obsesión de ganar audiencia no importando el precio, ni los desafios especificos que requería Chile y la propia Corporación de Televisión de la Universidad Católica para ser fiel a su misión.
La dramática situación financiera que obligó a vender los dos tercios del Canal 13 es a la larga la expresión de un mal que se venía incubando desde mucho antes. Es en definitiva el sintoma del abandono de la misión original de la televisión universitaria.
Nos dimos cuenta tarde y de manera en cierto modo sorpresiva de que habíamos perdido nuestro canal de televisión que pasaba a manos de un socio estratégico. Por mucha confianza que este pudiese inspirar la realidad indica que se ha perdido decisivamente un medio poderoso y con ello hemos resignado parte de nuestras responsabilidades con la sociedad.
Hemos vivido una derrota por que no supimos cumplir con parte de nuestra responsabilidad y sucumbinos a las condiciones del mercado, de un mercado para el cual debimos prepararnos con mayor cuidado e inventiva. Hemos vivido una derota porque ahora si que hemos pactado con las condiciones más duras de ese mercado televisivo gobernado por la industria del entretenimiento, que no deja en la practica espacios para la televisión educativa, obligando a esta a ambientarse en los nichos de quienes ya tienen una cierta preparación cultural. Hemos sido también derrotados por que entendiendo la situación desesperada generada por el agobiante defícit, no hemos generado las condiciones para diagnosticar, reflexionar, imaginar y proponer ideas sobre la relación universidad, televisión y sociedad. Es una derrota por que estamos renunciando a incidir en la vida del país, asumiendo sólo una dimensión de reacción mucho más que de propuesta como se debe esperar de una universidad. Es una derrota el que no exista aún un dialogo universitario, abierto a todos los integrantes de esta comunidad, sobre nuestras responsabilidades pasadas y presentes relacionadas con la televisión y el dialogo y el servicio al Chile de hoy.
Creo que el anuncio del 6 de agosto representa una derrota para la universidad.
Es una derrota el haber separado el canal de televisión de la vida de la universidad
Es una derrota el no haber sabido corregir a tiempo lo que se entreveía como una perdida de conducción y sentido.
Es una derrota haberse convencido de que no se puede hacer televisión de calidad en señal abierta.
Es una derrota el haber abusado del término "imposible".
Es una derrota el haber renunciado a una televisión educativa para entregarla al mercado de la entetención casí sin sello de distinción.
Es una derrota haber cedido a las presiones de un mercado sin haber imaginado alternativas creativas y originales.
Es una derrota no haber sido capaces de admnistrar un talento que se nos entregó y haberlo escondido en el terreno de lo convencional.
Es una derrota no haber hablado con claridad antes.
Es una derrota no haber escuchado antes.
Es una derrota mantener las formas de una comunidad cuando no hay voluntad de darle vida.
Es una derrota cuando lo que hemos podido aportar - y se hizo- a la sociedad chilena se hace invisible por el peso de lo escandaloso.
Es una derrota para la universidad cuando se opta por la solución más facíl, aunque dolorosa, de desprenderse de la tarea y los desafíos que presenta la televisión, en particular la abierta.
Es una derrota para la universidad cuando no damos respuestas adecuadas al Chile de hoy.
Es una derrota para la universidad cuando no buscamos establecer criterios paritarios para relacionarnos con la sociedad a través de la televisión.
Es una derrota para la universidad el no haber podido constituir un modo de relación imaginativo, creativo, responsable y realista de un medio tan significativo para una sociedad moderna como la televisión.
Sin embargo la experiencia de la derrota ha sido en numerosas ocasiones una experiencia de aprendizaje de enorme potencia. La historia nos muestra muchos casos en los que desde el sentimiento de desaliento por haber sido doblegados y avasallados diversos grupos y pueblos se han rehecho y han convertido una ocasión terminal en un punto de partida con caracter fundacional.
Hace setenta años exactos ,el historador Marc Bloch escribía su testimonio de la experiencia de guerra como oficial francés frente a los ejercitos alemanes, poníendole como título a su obra La extraña derrota. En esa obra reflexionaba sobre cómo se habían dado las cosas para convertir a la orgullosa Francia, a la gran nación, a la victoriosa en la Gran Guerra, en un país derrotado y desorientado. Sin embargo escribia tambien despues del llamamiento de la Francia Libre, con el convencimiento de que ese oscuro momento sería pasajero.
Como hiciera De Gaulle, como hizo Bloch, ellos y muchos otros creyeron contra toda evidencia de momento, contra lo que parecía viable y razonable, que su país podría renacer y rehacerse con capacidad de mirar más alla de lo evidente y de creer en los valores compartidos. Sabemos que lo lograron. En el caso de Bloch, un intelectual, su aporte fue multiple llegando hasta dar la vida pues fue asesinado por los nazis en junio de 1944, poco antes de la liberación. Dejó, despertado por la crisis de la derrota, uno de sus más importantes legados, el manuscrito interrumpido, escrito en tiempos de clandestinidad y resistencia, de Apología para la historia u oficio de historiador, un texto magnifico e inspirador en el que busca explicar, ni más ni menos, para qué sirve la historia.
Puede ser desmesurada la comparación que invoco, pero me interesa subrayar que una derrota consistente y dura, dolorosa y desconcertante, apabullante incluso no significa renunciar a los principios fundamentales y que el amor a la propia causa nos puede impulsar no sólo a corregir antiguos males y falencias sino a desarrollar un modo de acción renovado y creativo, promisorio y cargado de futuro. La invitación es a conversar y razonar como universitarios sobre nuestra propia extraña derrota con la convicción personal de que este momento es lejos de un fin una gran oportunidad de servir más y mejor.
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